Estar aquí ahora #11: Raychel Carrión. Por Solveig Font.

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Estar Aquí Ahora es un espacio que indaga por el estado del arte cubano en tiempos de Covid-19.

04 septiembre, 2020.

¿Estás trabajando en algún proyecto ahora mismo en tu estudio? Si es así, ¿podría describirlo brevemente?

Trabajo sobre la empatía, es algo que he empezado a pensar en serio desde hace unos años y que ahora es sumamente perentorio. Las grietas existentes en las relaciones intergrupales e interpersonales partiendo de la politización de lo afectivo, a través del culto a una ideología política que parece originada de la idolatría al líder y del afán de pertenecer a un grupo social. Ahora mismo estoy produciendo varias series de dibujos como ejercicio de introspección. Ignominia, Jaws Missing, Ostrakón, Artemis, Incautos y la más reciente Sharing. En su mayoría trato los problemas sociopolíticos en Cuba y en concreto la represión de la libertades individuales. Son de pequeño formato, esto posiblemente tenga algo que ver con la pérdida hace como un par de años de todo mi trabajo en un incendio, aunque también me siento muy cómodo y frenético con esta nueva forma que me permite ejecutar al ritmo de las ideas. Otra serie que es más poética a nivel de imagen y más abstracta es Extenso, que cuestiona la pregunta por el ser. Paralelamente a estas, trabajo en Testaferro, Los albores de la hybris y El fantasma de Charlotte, que tienen que ver específicamente con el culto a la ideología, ya saliendo del localismo, y son parte de un proyecto más procesual que parece pedir expandirse hacia otras disciplinas.

¿Cuál es su receta para sobrevivir en un momento de casi sólo malas noticias?

Malas noticias ha habido siempre (que nos lo digan a los cubanos) y pienso que hay que sobrellevarlas con las pequeñas cosas buenas que podemos hacer. Desde niño podía estar sólo mucho tiempo creando algo y nunca he dejado de hacerlo para mi satisfacción y archivo personal. Sin olvidar mis actividades dionisíacas en La Habana y tras años de vagancia para la lectura, he decidido volcarme con lentitud hacia la literatura clásica y la filosofía. Así, con proverbial tardanza estoy llegando a otros ensayos sobre arte, política, antropología, etc., que me llenan de un goce ontológico potente, semejante al de un niño que está descubriendo los elementos de un paisaje. Recuerdo aquel soneto de Quevedo que dice “y escucho con mis ojos a los muertos”. De esta manera uno puede estar con un Platón, un Oscar Wilde, con Borges o Kafka. Aparte de esto, hay gente en nuestros pensamientos y físicamente por el mundo. He estado en casa con Alicia y Theo, nuestro hijito, jugando y aprendiendo. Entre risas, enfados y conversaciones estamos muy unidos. Vivimos en un pueblo del siglo IX cargado de historia, rincones y parajes por los que pasear, los cuales emulan la labor del altísimo en el segundo día. Me interesan mucho los procesos, más que el fin. Me pierdo en las líneas verticales y en la construcción de la imagen, lenta y medida en los dibujos, mientras escucho conferencias sobre arte, historia, y algunas entrevistas de artistas y escritores online. Pienso que es importante vivir de manera frontal el sufrimiento propio y ajeno: es ahí donde nos elevamos sobre nosotros mismos sin que esto sea una finalidad ni un orgullo. Hay que hablar del dolor no quejosamente, sino como de un intento del arduo viaje del pensamiento abstracto que quizás comience con la reflexión ante la muerte. Ahí está la inspiración que encontramos en los judíos que en los campos de concentración hicieron arte y leyeron e imaginaron en medio de su terrible situación. Me aborda la necesidad de adentrarme en la oscuridad medieval, es decir, lo confuso, lo velado, un intento de transitar por los abruptos terrenos de la ética y la estética desde lo excelso. Estoy de ese modo sin olvidar mis miserias y fracasos, que son constantes, y así voy navegando poco a poco con algo de emoción y una profunda tristeza.

¿Qué es algo que todos podríamos hacer para que el mundo se convierta en un lugar mejor cuando este desastre llegue a su fin?

Creo que lo que podríamos hacer, si la unión es imposible, es obrar a través de la actitud individual, esto es, construirnos ontológicamente hablando a través de la suma de virtudes y operar en la sociedad haciéndole frente y asumiendo las consecuencias. Es muy difícil, pero creo que esta corta peripecia en el mundo, es eso. Justamente por la brevedad de nuestra existencia podríamos vivir a través de la empatía por la diferencia y no por la similitud, nuestros defectos nos unen y no al revés. Es, acaso, lo único que nos queda ante la idea de la muerte. En cuanto al arte, hay que seguir hablando de las faltas que tenemos. Pienso que esta situación ha constituido una prueba cabal de nuestro sentido de la ética hacia otros. No ha parado el mundo, como lo asegura el individualismo creciente; tenemos que reflexionar en torno a nuestra conducta y a otras formas de estar. Tal vez las secuelas del desastre nos arrojen algunas lucecillas tintineantes, tenemos que saber atraparlas porque el “estamos peor que antes” y la esperanza son un clamor insuficiente.

¿Cuál es la principal lección que el mundo del arte debería aprender de todo esto? ¿Cómo te imaginas la escena del arte posapocalíptico?

Muchos pensaron que del confinamiento saldríamos mejores. Parece que la creatividad demostró una vez más que en la desesperación se puede estar con uno mismo. Ilusiones. Parece que los eventos, ferias y galerías seguirán su curso subidos en el tren de la tecnología, por las arterias del deseo que es el mundo online. La decadencia que sufre lo presencial frente a la obra de arte se está llevando el aura que apenas dejó la serialidad tras de sí. Cambiar la mirada es menester de los cautos. El arte debería marcar los derroteros del mercado y no al contrario. No sé si se puede aprender algo el mundo del arte.

Sin embargo hay que seguir empuñando la espada y la palabra.

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